¿Atemporal?

En el campo del diseño suele aparecer con insistencia la idea de lo “atemporal”, superficialmente se repite como un mantra y se habla de objetos, estilos o lenguajes con capacidades para sobrevivir activamente en el tiempo. Elementos que parecieran encontrarse “fuera del tiempo”, como si existiera una categoría estética y funcional que pudiera escapar a las contingencias históricas, culturales y tecnológicas. Sostener esa aspiración a lo eterno resulta ilusorio e incluso contradictorio con la propia naturaleza del diseño.

Es evidente que nos encontramos en un momento con desafíos en cuanto a la “velocidad” en la que vivimos. La aceleración continua en los diferentes ámbitos de la vida nos trae verdaderos problemas y desafíos. La temporalidad de lo que producimos es hoy, más que nunca, una problemática para nuestra sociedad y por ende para el diseño, por ello es fundamental enfrentar el tema con la debida cautela. 

El diseño es, por definición, una práctica situada, todo objeto proyectado responde a un contexto específico: materiales disponibles, modos de producción, valores culturales, hábitos de uso, condiciones económicas, sensibilidades estéticas. Por ello, ningún artefacto puede ser completamente ajeno a su tiempo. Incluso aquellos que se entienden como “clásicos” o “atemporales” (complejas categorías) lo son en virtud de un consenso cultural que los mantiene vigentes en su ámbito, pero no por una cualidad intrínseca que los libere de la historicidad. En dichos casos o los elementos presentes en el momento de su concepción siguen hoy vigentes o el producto ha logrado resignificarse de forma de mantener su vigencia. 

La noción de atemporalidad suele confundirse con la idea de larga duración, es decir, de una durabilidad prolongada en el tiempo. Pero aquí conviene marcar la diferencia: un objeto puede ser resistente, reparable o adaptable, y por lo tanto prolongar su vida útil a nivel funcional, lo que no puede ser es eterno en términos simbólicos o culturales. La durabilidad material no garantiza permanencia cultural. Una silla de madera bien construida puede durar cien años, pero su sentido, su estética y su modo de ser percibida cambian radicalmente con cada generación. Cuando se apela a la atemporalidad, como definición desde el nivel estético lo que se hace es ajustarse a parámetros arraigados en el patrimonio cultural tradicional y hegemónico de determinadas culturas.

Defender la atemporalidad como un objetivo posible desde la concepción, encubre un dilema ideológico: pretende universalizar ciertos cánones estéticos como si fueran naturales, cuando en realidad responden a una tradición particular. Aquello que se celebra como “atemporal” suele ser, en verdad, la cristalización de un gusto hegemónico que logró extender su influencia más allá de su tiempo de origen.

Reconocer la historicidad del diseño nos permite entender los objetos como portadores de narrativas y significados cambiantes. Uno de los desafíos contemporáneos es pensar estrategias que colaboren al cambio de concepción temporal de nuestro entorno y permitan la transformación sin ser obsoletos. Estrategías desarrolladas en términos de flexibilidad, adaptabilidad y sostenibilidad: diseñar para que un objeto pueda acompañar procesos de transformación, que sea capaz de ser recontextualizado y resignificado en diferentes épocas y lugares. No en función de la permanencia de cánones formales y simbólicos.

Este alegato contra lo atemporal no implica celebrar lo efímero sin más, mucho menos vanagloriar lo concebido con destino de corto plazo, sino aceptar que todo artefacto vive en el tiempo y, por lo tanto, su validez cultural y simbólica es necesariamente finita. Lo que cabe reivindicar es un diseño con vocación de permanencia relativa, atento a su contexto y abierto a ser transformado. Un diseño que no busque escapar del tiempo, sino habitarlo con inteligencia.